Sunday, July 23, 2006

Atocha, 8:27 a.m.

Llevas una hora sentado en uno de los bancos del andén de la vía 2 sin decidirte a tomar ningún tren, supones que perdiendo el tiempo o quizá pensando cómo recuperarlo. La vida se despereza ante tus ojos y ambos os contemplais con absoluta indiferencia (ocurre a veces, como si ninguno de los dos fuera lo que el otro espera, como si la decepción fuese mutua, aunque esta vez es sólo el sueño).

Ves pasar los trenes: unos llenos, otros vacíos, ¿cómo saber cuál es el tuyo si no tienes ningún sitio a donde ir?. Se paran y todo el mundo se aprieta ante las puertas, esperando el momento en que se abran para subir o bajar entre empujones y miradas que te atraviesan sin verte mienras luchan por un sitio. Unos van a trabajar, otros vuelven a casa, algunos simplemente están, como si eso ya fuese bastante. Alguien se ha quedado dormido sobre un banco. Hombres con chalecos amarillos registran las mochilas de los estudiantes mientras ojos hundidos y desconocidos regalan miradas vacías desde el interior de los vagones que llegan y parten sin pausa. Y a nadie le importa que hace sólo unos minutos te hayas despedido de ella sin saber si volverás a verla, que te vayas de la ciudad con menos equipaje que cuando llegaste o que hayas hecho mal más cosas de las que una persona paciente sería capaz de perdonar...

En la estación nadie hace preguntas, nadie te mira porque están acostumbrados a ver a la gente más extraña y porque no les importa, porque la estación no tiene corazón, sólo tiene un gran reloj en cada andén (tu cuerpo late al ritmo que marca la aguja del segundero) y un panel que anuncia las llegadas, las salidas, los retrasos... el tiempo es una espada que pende sobre tu sonrisa helada, una sonrisa tonta que emerge desde no se sabe dónde, de algún rincón del subconsciente, quizá de algún recuerdo que pronto se hará demasiado pesado para cargar con él, una sonrisa exhausta, cansada de resistir. Tomas un tren y observas cómo te alejas y la estación se convierte en un punto insignificante allá a lo lejos. Ocupas tu asiento, cierras los ojos y sueñas que algún día ella y tú montais en el mismo tren y que el viaje no termina nunca.

La estación es un buen lugar para sentirte uno más: nadie te señalará con el dedo, nadie se preocupará de ti. Pero nunca vayas a la estación si te sientes sólo: allí hay demasiada gente.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Me ha gustado mucho este texto. Yo he viajado mucho en tren, en larga distancia, y ciertamente las estaciones te hacen reflexionar. El tiempo que pasas esperando, viendo la gente pasar, y luego el tiempo que pasas dentro del vagón, soportando lo que te toque soportar, y viendo el mundo pasar por la ventanilla...sí, me ha gustado mucho tu texto. He llegado por casualidad a tu blog, le seguiré echando un vistazo, pero por ahora, ¡enhorabuena!

9:54 AM  

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