Monday, July 31, 2006

Caminos

El Hombre construye grandes carreteras de asfalto para competir con el tiempo y la distancia, siempre dispuesto a demostrar que tiene la última palabra, porque el Hombre es grande y poderoso. Sin embargo el Hombre no sabe que el camino más importante no corre sobre los ríos ni atraviesa las montañas, no cruza valles ni bordea precipicios. El Hombre cree que su mirada abarca todo cuanto existe y puede ser transformado, pero sus ojos son incapaces de penetrar en su propio corazón y si lo hacen, no por mérito sino por puro azar, enseguida se apartan horrorizados del espejo que se les ha brindado, horrorizados no por su fealdad, sino por su propia humanidad. Dicen que los únicos caminos que conducen a algún lugar son invisibles... caminos de tierra y polvo, de niebla y siglos, caminos que surcan el cielo buscando estrellas que guíen nuestros pasos, caminos repletos de huellas desorientadas que nos recuerdan que no estamos solos, pero no nos dicen qué dirección tomar. Hay un anciano sentado junto a un cruce, dice tener más de dos mil años, le preguntamos a qué distancia está lo que buscamos y responde que tan sólo hay que recorrer dos vidas y media, "Mucha gente toma ese camino, pero algunos se pierden...". Nosotros no nos perdemos, sabemos a dónde vamos, conocemos una atajo para cada uno de nuestros sueños, pero cada mañana al despertar lo olvidamos todo, incluso que sabíamos a dónde queríamos ir, incluso que hay otros caminos. Pero no importa, nosotros no nos perdemos, sabemos a dónde vamoos, de día las cosas se ven de otra manera... y si nos perdemos no pasa nada, para eso están los mapas de carreteras.

Sunday, July 23, 2006

240 kms/h

A 240 kilómetros por hora las cosas pasan tan rápido que no puedes distinguirlas. Colores que se se suceden, manchas borrosas, el aire en la cara, todo el mundo se convierte en una sóla ráfaga interminable. Pero a veces desearía poder ir más despacio, poder distinguir las formas de las cosas y darles nombre, saber qué lugares visito y qué caras me sonríen, saber cuando lloras y cuándo ríes. Pero no puedo parar, tomé demasiado impulso y no tengo más remedio que seguir sólo mi camino, saber que unos ojos me esperan en algún lugar para devolverme lo que me robaron no es suficiente para que me detenga a pensar en ello un sólo instante porque, cuando pare, la vida me adelantará y una vez más correré detrás de mi sombra, igual que cuando corría detrás de tí y creía que era fuerte.
Historias que pasan ante mis ojos como algo ajeno, pero el protagonista siempre soy yo. Ya no se si es el mundo o es mi vida la que gira a mi alrededor como un torbellino que me empuja lejos, siempre lejos, más allá de mí, como si fuera el único camino para seguir respirando. Canciones diferentes con la misma música y una voz rota que le grita al silencio. Escritura invisible, pájaros electrocutados, hay algo que se nos escapa, algo que perdimos sin darnos cuenta, la confianza o la inocencia. Todo lo que pudimos hacer es poco comparado con lo que hemos hecho, y sin embargo algún día nos pedirán cuentas por las oportunidades perdidas y diremos que sólo pensábamos en nosotros mismos. A 240 kms/h las palabras se parten y estallan en mil sonidos ininteligibles antes de llegar a cualquier oído cuerdo, por eso nadie nos entiende. El día que nos estrellemos alguien recogerá nuestros sueños y hará con ellos hermosas canciones... todo el mundo se emocionará, pero antes tendremos que estrellarnos a 240 kms/h para no estropear el estribillo.

Atocha, 8:27 a.m.

Llevas una hora sentado en uno de los bancos del andén de la vía 2 sin decidirte a tomar ningún tren, supones que perdiendo el tiempo o quizá pensando cómo recuperarlo. La vida se despereza ante tus ojos y ambos os contemplais con absoluta indiferencia (ocurre a veces, como si ninguno de los dos fuera lo que el otro espera, como si la decepción fuese mutua, aunque esta vez es sólo el sueño).

Ves pasar los trenes: unos llenos, otros vacíos, ¿cómo saber cuál es el tuyo si no tienes ningún sitio a donde ir?. Se paran y todo el mundo se aprieta ante las puertas, esperando el momento en que se abran para subir o bajar entre empujones y miradas que te atraviesan sin verte mienras luchan por un sitio. Unos van a trabajar, otros vuelven a casa, algunos simplemente están, como si eso ya fuese bastante. Alguien se ha quedado dormido sobre un banco. Hombres con chalecos amarillos registran las mochilas de los estudiantes mientras ojos hundidos y desconocidos regalan miradas vacías desde el interior de los vagones que llegan y parten sin pausa. Y a nadie le importa que hace sólo unos minutos te hayas despedido de ella sin saber si volverás a verla, que te vayas de la ciudad con menos equipaje que cuando llegaste o que hayas hecho mal más cosas de las que una persona paciente sería capaz de perdonar...

En la estación nadie hace preguntas, nadie te mira porque están acostumbrados a ver a la gente más extraña y porque no les importa, porque la estación no tiene corazón, sólo tiene un gran reloj en cada andén (tu cuerpo late al ritmo que marca la aguja del segundero) y un panel que anuncia las llegadas, las salidas, los retrasos... el tiempo es una espada que pende sobre tu sonrisa helada, una sonrisa tonta que emerge desde no se sabe dónde, de algún rincón del subconsciente, quizá de algún recuerdo que pronto se hará demasiado pesado para cargar con él, una sonrisa exhausta, cansada de resistir. Tomas un tren y observas cómo te alejas y la estación se convierte en un punto insignificante allá a lo lejos. Ocupas tu asiento, cierras los ojos y sueñas que algún día ella y tú montais en el mismo tren y que el viaje no termina nunca.

La estación es un buen lugar para sentirte uno más: nadie te señalará con el dedo, nadie se preocupará de ti. Pero nunca vayas a la estación si te sientes sólo: allí hay demasiada gente.